LA COMUNIDAD ELECTIVA


La comunidad electiva o intencional

Cada vez más gente empieza a cuestionarse el modelo de vida propio de nuestra sociedad occidental, negándose a pagar el alto precio de la libertad individual, que tanto jalean los defensores del capitalismo, a sabiendas de que para la mayoría de nosotros (personas sin otros recursos económicos que nuestro trabajo) tal idea no encierra más que una trampa de dependencia a través del consumo y una obligación de trabajar muchas horas diarias (sin duda más de las necesarias) para beneficio de otros. Cada vez más gente se da cuenta de que esta forma de vida sólo conduce al aislamiento (de casa al trabajo y del trabajo a casa, con algunas horas de televisión por medio) y a la pérdida de importantes valores humanos, como son la amistad, el deseo de compartir o el trabajo colectivo y desinteresado. Cada vez más gente se siente a disgusto con unas rutinas que no han elegido, con una casa que no es más que un nicho en un enorme bloque de nichos y en cuyo diseño y construcción no han podido participar, con una ciudad que se deshumaniza a cada día con la reducción de las zonas de convivencia y el aumento de los carriles para coches, cada vez más grandes, cada vez más rápidos. Cada vez más gente quiere recuperar el contacto con sus hijos, ahora abandonados durante casi todo el día, y con sus amigos, y busca desesperadamente espacios que posibiliten estas relaciones y otros ritos de convivencia. Y cada vez más gente quiere saber qué se puede hacer para cambiar todo esto.
Aunque la coincidencia es amplia en los síntomas, en la necesidad de buscar alternativas reales al modelo de desarrollo que desde occidente estamos imponiendo al mundo entero, las respuestas son, sin embargo, muy variadas. De una manera simple, aunque suficiente para los propósitos de este trabajo, se pueden señalar tres clases diferentes de disconformidad que provocan algún tipo de respuesta: disconformidad política y social, reivindicaciones ecologistas y crítica de la pérdida de valores humanos y espirituales. Es evidente que todas ellas puedan coincidir en una misma persona, o darse en ella en diferentes grados, pero también es cierto que los partidarios de una u otra de estas causas tienden a minusvalorar la importancia de las otras, haciendo de su lucha particular un absoluto.
Todas las respuestas tienen, sin embargo, algo, y fundamental, en común. Todas están recorridas por un mismo deseo que las coloca en una igualdad de partida: acabar con el individualismo de la sociedad occidental y buscar formas de vida más participativas, más comunitarias, con mayor integración social y con el entorno, en las que podamos alcanzar un desarrollo pleno como personas, como seres creativos que somos, en las que nos sintamos protegidos en momentos de debilidad y dispuestos a dar en momentos de fuerza. En definitiva, todas las respuestas reinventan a su manera la noción de comunidad. Y por tanto, todas las experiencias concretas de vida que se están llevando a cabo para presentar una alternativa al sistema, sean en el campo o en la ciudad, sean bajo principios ecologistas, de lucha social o motivados por la búsqueda de una nueva espiritualidad, son formas de comunidad electiva o intencional, diferentes por tanto de la comunidad tradicional que todavía se da en el medio rural o en los suburbios de algunas ciudades. Se trata de una comunidad electiva porque sus miembros eligen formar parte de ella (no pertenecen a ella por nacimiento o coacción), intencional porque existe una misma intención, compartida por todos, para vivir así (la comunidad existirá en tanto que dicha intención perdure y desaparecerá cuando tal intención desaparezca).
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